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10/12/07

NOBUHIRO I

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Akayama Nobuhiro permanecía arrodillado en silencio en la penumbra del silencioso pasillo de pulida madera rojiza. Las rodillas le empezaban a doler. La segunda guardia de la noche siempre se hacía larga. Había cambiado varias veces de postura. En breve acabaría su turno. Empezaba a tener sueño.
El parpadeo de las velas dentro de la habitación escapaba a través del terso papel de arroz de la shoji[1] a su espalda y desparramaba su sombra en la pared de enfrente.
Hacía mucho que el sobrino del chambelán guardaba silencio. Parecía dedicarse a la lectura desde que se retiró dama Umeko con su samisen[2].
Para no adormecerse, recitaba mentalmente viejos haiku[3] de Buson.

Relámpago
cae algo
rocío de cañas.

Algo se movió en el extremo iluminado del largo pasillo, a su derecha. Lo vio por el rabillo del ojo. Su mano izquierda ya estaba en el sable de su cintura. El pulgar en la guarda para desenvainar. Un rápido vistazo y supo que era dama Umeko. Volvía con alguien. Soltó el aire con lentitud y posó de nuevo la mano sobre la seda azulada de sus ropas. Corrigió su postura, algo encorvada por las horas. Hombros atrás. Vista al frente. Apretó las piernas y tensó varias veces los músculos para mover la sangre sin cambiar la postura y acabar con los aguijonazos de las articulaciones.
Se fueron acercando. Ella caminaba con tal suavidad que apenas se la oía posar los pies en la madera. Sujetaba una correa que mantenía tensa hasta el cuello de un niño que la seguía arrastrando los pies un paso por detrás. Las manos atadas a la espalda.
Cuando llegaron a la puerta que Nobuhiro guardaba se detuvieron. Ella le hizo una suave reverencia dejando que su suave perfume de peonías le acariciara con frialdad. Él, sin levantar la vista, correspondió el saludo desde su postura y por un instante, vio los ojos del niño. Abiertos hasta lo imposible. Sin pestañear. La mirada perdida en el suelo.
Llamó a la puerta con suavidad.
– ¿Si? –hasta su voz sonaba gruesa.
– Es Dama Umeko, señoría –le dijo al papel grisáceo.
– Hazla pasar.
Abrió la puerta corrediza con ligereza pero sin hacer ruido. La muchacha hizo de nuevo una reverencia suave, se quitó las sandalias lentamente y entró arrastrando al niño. Y mientras pasaban el umbral no pudo evitar observarle. Descalzo. Los pies sucios. La piel pálida. El pelo despeinado. Ropas viejas apenas le tapaban. Tendría 8 años. Quizá 9. Estaba tan delgado.
Un vistazo a la habitación y vio como el obeso funcionario separaba la mesita sobre la que había extendido un rollo de cuentas que caía al suelo de tatami. Su oronda cara se estiró en una sonrisa pálida por el maquillaje al ver al chico. Mientras Nobuhiro cerraba la puerta corrediza aún pudo ver entre el esbelto cuerpo arrodillado en reverencia de la muchacha y el niño que permanecía en pié inmóvil, cómo él se empezaba a despojar de sus vestiduras de seda bordada en hilo de oro.
El chasquido de la madera al cerrar la shoji sumió de nuevo el pasillo en el silencio. Giró sobre sus rodillas para volver a mirar al frente. Hombros atrás. Barbilla alta. Pero los sonidos del interior empezaron a flotar por el aire como el hedor de un cadáver metiéndosele en los huesos como la humedad de la mañana. Recordó otro poema.

Aguacero
mojada la garza
la grulla seca

Imaginó los ojos del niño mirándole a través del papel a su espalda.
Trató de concentrarse y respirar hondo. Pero el pasillo le parecía frío. Largo. Oscuro. Y el sonido de su propia respiración no era lo suficientemente fuerte. Un gemido. La voz ronca. Varios golpes en el suelo. Un quejido de mujer. Otro golpe sordo sobre las esteras de tatami. Intentó recordar más poemas. Pero solo oía sus propios latidos. Esperó oír un quejido, un llanto. Solo ruidos borrosos. Miró de nuevo la pared de enfrente. Y volvió a ver su sombra. Era un borrón difuso que temblaba. Docenas de voces en su cabeza se lo repitieron. Mil razones le ataban al suelo. Muchas palabras se mezclaron en su mente hasta llenarla. Sus manos tan apretadas que los nudillos blanqueaban.
Cerró los ojos. Y consiguió controlar su respiración.

…

Cuando abrió la shoji de un tirón entrando en la estancia sus manos ya aferraban el sable. La hoja tardó un parpadeo en salir y moder la carne grasienta y sudorosa.
Los gritos lo llenaron todo. Pero él por fin solo oía silencio.
Dama Umeko soltó las muñecas del niño y huyó hacia un rincón gritándole al rojo que salpicaba toda la estancia. Nobuhiro esparció con un gesto seco la sangre de su hoja y la envainó. Cogió el kimono de su señoría y cubrió al niño desnudo, que se hizo un ovillo en el suelo. Se arrodilló a su lado. Su mirada seguía perdida, los ojos tan abiertos, sin pestañear. Le cogió en brazos. Pesaba tan poco. Fue hacia la puerta. Fue entonces cuando oyó a la mujer que seguía gritando.
– Basta.
Ella se tapó la boca con las manos. Y les vio desaparecer en el negro del pasillo.

...

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[1] Puerta corrediza de madera y papel.
[2] Instrumento similar a un banjo de tres cuerdas tocado con uñeta.
[3] Poemas sin rima de 7, 5 y 7 sílabas. Al traducirlos a veces se pierde la métrica.
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NOBUHIRO II

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…

Nobuhiro recorrió el pasillo con el niño en brazos alejándose de la última lámpara de papel. En el ala de invitados solo estaba el sobrino del chambelán. Mientras se adentraban en la oscuridad pudo notar los saltos del corazón de aquel chico contra su pecho. Varias estancias más adelante, abrió una shoji a su izquierda y entró. Se detuvo un momento en la oscuridad. Necesitaba pensar. Poco a poco sus ojos se acostumbraron. La luna traslucía tenue el grisáceo papel de arroz. Miró al chico. Inmóvil. Los ojos inertes. En la pared lateral, una escena quedaba iluminada. Una carpa, a la luz del día seguramente de vivos colores naranja y plata, saltaba del agua en un estanque. Eso es.
Cruzó la estancia y abrió lentamente la shoji que daba al jardín. El frío de la noche se escabulló dentro. Observó el amplio porche que rodeaba el edificio alargándose a ambos lados para doblar hacia el muro sur, atrapando aquél rincón cuadrado de jardín que siempre estaba silencioso en invierno. Cubierto por la nieve era un mosaico de blancos violáceos y sombras a la luz de la luna. Algunos copos caían perezosos en la oscuridad esquivando las ramas de los árboles desnudos y las copas de pinos y abetos. Como disfrutando del lento descenso. El sonido del riachuelo que cruzaba los jardines serpenteaba bajo el pequeño puente de madera. El camino que llevaba hasta él desde la casa estaba cubierto por una alfombra blanca. Recordó el invierno anterior. En aquel puente vio por última vez a Yashiko.
No había guardia. Salió y cerró tras de sí. Miró al cielo. Solo algunas nubes largas como estelas de cometa nadaban raudas en él. La luna casi llena. Se apresuró a recorrer el porche hacia su izquierda, hasta el extremo sur. A escasos metros de la fría piedra de los muros. Bajó al niño al suelo y se arrodilló junto a él.
– ¿Sabes nadar?
La mirada del niño aún caía. Le cogió de la barbilla obligándole a confrontar sus ojos negros.
– ¿Sabes?
Parpadeó y asintió.
Nobuhiro bajó a la nieve y rebuscó. La encontró medio enterrada. Volvió a subir al porche y limpió de nieve con la manga de su kimono de seda azul la roca que había recogido, que sería del tamaño de cuatro puños.
– El riachuelo pasa bajo la muralla.
El niño miró el somero río que discurría por entre la arboleda. La escarcha había cristalizado las orillas. Nobuhiro le quitó el kimono dejándolo desnudo y envolvió la roca con él.
– Cuando llegues al otro lado, sal del agua enseguida y sube la rivera izquierda.
El niño observó en silencio como desataba el sageo[1] añil de su obi[2] para atar la seda cerrando el paquete. Hizo un nudo corredizo.
– Tira de este extremo y se desatará –le mostró el lazo–. Usa el kimono para secarte. Tápate con él y corre, no te quedes quieto. Sigue cauce abajo hasta el poblado. Nada más salir de la arboleda, hay establos. Entra en uno y métete bajo la paja. Mejor si no hay cerdos. Habrá paja fresca y seca si hay bueyes. Procura quedar seco y tápate para pasar la noche. Vuelve a tu pueblo con el alba. Y dile a tu padre que queme este kimono.
El niño miraba su katana mientras él acababa de recoger el sageo. Algo le hizo fruncir el ceño a Nobuhiro.
– Sabes llegar a tu pueblo, ¿no?
Su pelo raído y sucio se removió con pereza cuando asintió.
Le cogió en brazos y le llevó por entre los árboles pintados de blanco hasta la muralla. El riachuelo se zambullía bajo la piedra con el rumor del agua escarchada. Le posó en la nieve y se acercó al muro mirando arriba. Se detuvo bajo un hueco entre árboles. Soltó cuerda y empezó a ondear el paquete atado al extremo. El niño miró como zumbaba cogiendo velocidad en círculos cada vez más grandes. Hasta que lo soltó lanzándolo hacia arriba, más allá del muro. Al poco un par de ramas crujieron a su paso mientras aterrizaba al otro lado.
Volvió junto a él y se arrodilló en la nieve. El pequeño temblaba como una hoja. Sus labios azulaban.
– Debes irte ya –le dijo señalándole el agua.
Se dirigió hacia la orilla hundiendo sus pequeños pies descalzos en la nieve. Miró el agua por un momento. Volvió hacia él. Y le abrazó con fuerza. Nobuhiro se quedó quieto un instante. Y luego le estrechó contra su pecho. Temblaba. No creyó que fuera solo de frío. Vio como el niño volvía de nuevo hacia el agua y le miraba una última vez.
– Vive –susurró. No creyó que le oyera.
Y el niño se zambulló. Le vio reaparecer un par de metros más adelante. Una pequeña cabeza de pelo negro que apenas se mantenía a flote chapoteando entre trozos de hielo. Cuando llegó al muro se sumergió y desapareció.
Nobuhiro corrió a la muralla y trató de escuchar a través de la piedra. El murmullo del agua era un rugido ensordecedor. La brisa de la noche resonaba como un tifón. Hasta que creyó oír un chapoteo. Y luego nada.
Quiso oírle arrastrarse por la nieve y huir.
Tras largo rato volvió al porche. Se sacudió la nieve del hakama[3] y las sandalias. Llevaba tabi[4] pero los pies se le estaban empezando a entumecer. Miró el jardín. Nunca había oído tan fuerte el correr del agua. La nieve seguía cayendo lentamente. Las nubes seguían corriendo bajo la luna. Respiró el aire nocturno contemplando las filigranas que el vaho de su aliento dibujaba. Olía a madera mojada y a piedra. Y empezó a rodear la casa por el lado este. En dirección a la caserna de guardia.

…

La gran campana de bronce repicaba con energía llenando con sus ecos el aire helado de la noche.
Las pisadas del lancero resonaban en la madera fría del porche del jardín sur. Corría entre las sombras de la luna hacia el ala de invitados. Cuando vio caminando con paso distraído a Akayama Nobuhiro. Al llegar a su altura se detuvo ante él y le iluminó con la lámpara de papel que portaba. Incluso bajo el grueso ropaje, se notaban sus brazos nudosos.
– ¡Akayama–san[5]! ¿Qué hacéis aquí? Un asesino ha atacado al sobrino del chambelán.
– He sido yo, Inoue–san.
El lancero quedó en silencio. Inmóvil.
– Ve a buscar al jefe Kondo. Estaré en el jardín principal.
Se perdió en los ojos de Nobuhiro al oír estas palabras. Negros y silenciosos como una cueva vieja. Hasta que reaccionó como un soldado. Obedeciendo. Corrió por donde había venido hacia la caserna de guardia. Dejándole en silencio otra vez.
Siguió por el porche hasta rodear el ala este y salir al jardín principal. Antes de bajar al camino empedrado que sobresalía entre la escarcha deshelada con sal, observó el ajetreo en la puerta principal. Los faroles de papel que portaban los guardias pintaban de naranja las sombras mientras se dispersaban por todos los caminos que rodeaban la casa. Las luces que se perdían entre las sombras de aquellos árboles, cruzados como pinceladas de tinta hechas por una mano temblorosa en un lienzo de nieve, le recordaron el festival Bon[6]. Con las plegarias flotando río abajo en la negra superficie del agua al anochecer.
Bajó al jardín y se encaminó al puente principal con las llamadas a armas de la guardia y el tañido de la campana de fondo.

...

El jefe de guardia Kondo Masamura encabezaba el pelotón que rodeó al traidor. Más de veinte hombres se dispusieron a ambos lados del pequeño puente de madera roja donde permanecía en silencio observando el reflejo de la luna en el riachuelo que cruzaba los jardines.
Ordenó el alto a sus hombres y se adelantó por el puente unos pasos. Cuando llegó a una distancia prudencial se detuvo.
– Akayama Nobuhiro –su voz vieja y ronca cortó la noche–. ¿Es cierto? ¿Has confesado?
El traidor se giró hacia él sacando las manos de las mangas de su kimono lentamente. Todos los guardias aferraron sus lanzas. Uno de los hombres de la guardia personal del chambelán dio un paso al frente su mano en la empuñadura. Aún estaba lejos para alcanzarlo en un ataque. Nadie más se movió.
Nobuhiro sacó parsimoniosamente de su cinto el sable aún enfundado en su saya[7] con la mano derecha. Y lo ofreció al jefe Kondo con la mirada inerte.
El jefe relajó su gesto y retiró la mano izquierda de su sable. Le observó por un instante y recorrió los tres pasos que les separaban sobre la fría madera. Al coger el arma de sus manos vio que no tenía sageo.
– Nobuhiro–kun[8]. ¿Por qué? –susurró mientras observaba el trenzado añil de la empuñadura.
– Recordé un poema.
La mirada de Masamura preguntó por él.

La camelia en el suelo
ha vaciado de ayer
el aguacero

– De Buson –dijo al oírselo recitar.
Le miró tratando de ver más allá de sus palabras. Y solo encontró silencio. Pero entendió.
– Has hecho una dura elección. Sea pues como has decidido.
Miró a sus hombres que trataban de oír su conversación. Y les hizo un gesto para que se acercaran. Rápidamente les rodearon. Solo dos hombres armados pasaban a la vez por cada lado del puente.
– Viniste aquí por si no aceptábamos tu rendición –sonrió al ver su mueca–. Tengo que quitarte también el wakizashi. El chambelán querrá verte.
Nobuhiro sacó el sable corto del obi y lo entregó también. Le ataron con las manos a la espalda y le escoltaron hacia la casa.
Un cuervo graznó en lo alto de un pino.

...


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[1] Cordel de seda o algodón que sujeta la funda del sable largo al obi.
[2] Fajín o cinto ancho de seda enrollado varias veces en torno a la cintura. Sirve también para llevar utensilios entre los pliegues y sujetar los dos sables: largo (katana) y corto (wakizashi).
[3] Pantalón muy amplio con pliegues en el centro entre ambas perneras y un corte abierto a ambos lados de la cintura. Hoy en día se usa en kendo y artes marciales tradicionales.
[4] Calcetines de seda o algodón con el pulgar separado para calzar la sandalia.
[5] –san: sufijo añadido al nombre del interlocutor para denotar respeto. Equivale a un trato de usted. Usado con apellidos antes que nombres.
[6] Del 13 al 16 de julio. Festival para honrar a los ancestros. Al final de las fiestas se dejan flotando en los ríos pequeñas linternas de papel con mensajes escritos para iluminar el camino de los ancestros en su partida.
[7] Funda de madera lacada que aloja el filo del sable.
[8] –kun: sufijo amistoso o condescendiente. Usado entre amigos (hombres) o para con inferiores.
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NOBUHIRO III

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El sueño empezaba a cerrarle los ojos. Llevaba sentado varias horas en aquella habitación silenciosa. Las piernas cruzadas. Las manos a la espalda, atado con metros de cordel que le inmovilizaba el torso y los brazos con un sofisticado entramado. La llama dentro de la lámpara de papel apenas sobrevivía sobre un charco de cera fundida, pero aún proyectaba densas sombras en la estancia que bailaban dibujando su perfil encorvado contra las paredes de fino papel de arroz. Ecos superpuestos de pisadas en la madera del pasillo le despabilaron. Se giró para ver quién abría la shoji esta vez.
Cinco hombres irrumpieron en la estancia. Tres guardias de palacio con gruesas ropas de invierno. Nieve en sandalias y hombros. Las manos y la cara enrojecidas. Y dos de los yojinbo[1] del chambelán, impecables en sus kimonos violeta y negro de fina seda y sus sandalias nuevas. Se fijó en los tabi de interior que portaban. Siguió subiendo la mirada. Los sables al cinto. Mano en la guarda. El gesto plomizo. Peinado impecable. La frente recién rasurada. Al verlos mezclarse con los ateridos guardias no pudo evitar esbozar una sonrisa. Y el chambelán Matsumori Sinnichirô entró con parsimonia. Envuelto en sedas rojas y ocres. Intentando irradiar dignidad. Bajo el alto gorro negro de la corte, aún parecía más esférico.
– ¿Es él? –inquirió al jefe Kondo sin dignarse a mirar al asesino. Recibió un vago gesto como respuesta de entre las sombras que envolvían al jefe de guardia que había entrado discretamente en la estancia en último lugar.
Nobuhiro se fijó en cómo oscilaba su papada mientras sacaba de entre los pliegues de la fina chaqueta un pequeño abanico negro. Se le acercó y le levantó la barbilla con él. Apretaba los labios rechonchos y el entrecejo. Apenas tenía pelos en las cejas. Como su sobrino. Respiraba hondo. Resoplaba más bien. Miró los ojos del preso. Negros. Inmóviles.
– ¿Por qué has intentado matar a Oguromaro?
Silencio.
El chambelán bufó como un toro mientras se removía en sus vestiduras.
– ¡Ejecutadlo! ¡Quiero su cabeza!
Las manos de sus dos hombres aferraron sables. Nadie más se movió.
– Mi señor –interrumpió Kondo aproximándose con cautela entre la guardia–, un gesto tan poco medido no es propio de alguien de vuestra posición. Pensad en su señoría. Ô–Daimyô[2] regresará en breve. Y deberéis presentarle un informe –dejó que estas palabras flotaran unos instantes mientras se retorcía inquieto.
– ¿Y?
– Tal vez no vea con buenos ojos que se ejecute a uno de sus guardias sin las predisposiciones apropiadas para ello. Su señoría es muy escrupuloso en la observancia de la ley y la tradición, como bien sabéis –dijo mesando su espeso bigote gris.
Observó como el esférico burócrata miraba al reo y luego a él. Retorcía el abanico lacado entre sus dedos rechonchos. Le dio unos segundos más antes de proseguir.
– Además no sabemos por qué lo hizo. Tal vez sea un espía y no solo un traidor. Estoy seguro de que convendréis conmigo en que a su señoría le complacería averiguar la verdad detrás de este hombre.
Tras unos instantes con la boca entreabierta y el ceño fruncido, el chambelán se giró bruscamente con los ojos muy abiertos hacia Nobuhiro, que permanecía inerte sentado con las piernas cruzadas.
– ¿A quién te has vendido? ¿A los Hojo? ¿A Imagawa?
Él apartó su mirada hueca de aquella cara redonda y temblorosa y la dejó perderse entre las tenues sombras que bailaban alrededor de la vela. Estaba a punto de apagarse.
Matsumori temblaba enrojecido. Sus yojinbo esperaban una orden. Pero miraban a Kondo de soslayo.
– Señoría, calmaos por favor. Interrogar a un condenado es una tarea indigna de alguien de vuestra cuna. Os ruego me concedáis el honor de dejar ese trabajo en mis manos.
Dijo estas palabras dibujando una reverencia que hizo crujir la seda marrón de sus ropas. El chambelán vaciló. Daba pasos pequeñitos recorriendo la estera de tatami que le separaba del preso. Finalmente, con un gesto de asco, abandonó bufando la estancia seguido por los suyos.
Jefe Kondo esperó a que no se oyera crujir la madera del pasillo bajo sus pisadas. Ordenó salir a sus hombres, que se miraron algo sorprendidos antes de obedecer. Cerró la shoji suavemente y se arrodilló ante él. Seguía mirando la llama de la vela.
– Espero que no juzgues mis palabras por su dureza, Nobu-kun.
Se acercó a la ventana de madera y la entreabrió. Los primeros rayos de sol empezaban a derramarse por encima de los montes aún pintados de blanco. Respiró hondo y el aire del amanecer entró frío en su viejo pecho. Se volvió hacia él de nuevo.
– ¿Confiarás en mí una última vez?
En ese instante la vela se consumió. Y Nobuhiro le devolvió la mirada.
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[1] Guardaespaldas. Y no, no es con m.
[2] Ô: grande, importante. Daimyô: señor feudal de un territorio y el clan que lo defiende y explota.

NOBUHIRO IV

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Hacía horas que la lluvia tamborileaba en la madera y la piedra llenando el cielo gris de la mañana de caprichosos velos entre los edificios del palacio cuando el corpulento soldado empezó a correr por el camino de rocas entre el verde del jardín hasta el cobertizo, oscilando como una barrica llena de aceite. Llevaba algo bajo el brazo derecho. Llegó hasta el puesto de guardia bajo el alero del viejo casetón de madera oscura y saludó al compañero que se acurrucaba con cara de sueño en un pequeño taburete. Sacudió el empapado capote de paja de un par de golpes secos con la palma de su gruesa mano y desató el ancho sombrero cónico, dejándolo gotear hacia un lado sobre la hierba.
– ¿Qué tal la noche? –dijo al subir los peldaños del porche que se lamentaron con viejos crujido.
– Como siempre –le contestó el hombre desperezándose en su asiento junto a la portezuela y estirando las extremidades en un bostezo. Se frotó los brazos cortos, nudosos, apenas cubiertos por el lino azulado de la chaqueta de guardia mientras miraba al cielo plomizo–. Menudo amanecer. Tú has sido listo –le dijo con una sonrisa algo pálida señalando el capote.
Él hizo una mueca de asco mientras dejaba en el suelo el cuenco que traía bajo el brazo. La tapa apenas ajustaba y se miraba para asegurarse de que no se había manchado la chaqueta. Desató la capa de hebras de paja retorcidas, se la quitó de los hombros y la puso a escurrir al borde del porche.
– No me hace falta, yo soy fuerte –dijo palmeando su panza con una risotada que hizo oscilar el sable de su cintura–, pero no me gusta mojarme.
Su menudo compañero se limitó a sonreír y atusarse la coleta alta sobre su cabeza meticulosamente afeitada.
– Bueno, me vuelvo a la caserna chico –cogió un sable de empuñadura trenzada en añil y sin sageo, que había pasado la noche apoyado contra la misma pared de madera que él.
– Yo le daré a éste su comida.
Mientras su menudo compañero se levantaba del taburete y estiraba las piernas por el porche mirándole de reojo, se agachó junto a la pequeña portezuela de apenas medio cuerpo y golpeó con fuerza varias veces.
– Tú. ¡Eh tú! Hora del rancho.
Levantó el cierre de metal y corrió la puerta. Empujó el cuenco dentro sin miramientos derramando la mitad de la poca sopa de miso que quedaba. Se mojó el dedo gordo. Se puso en pié de nuevo olisqueándoselo mientras caminaba hacia el borde del porche. Al lamerlo, escupió con una mueca.
– No dejes la puerta abierta –le advirtió el compañero desde las escaleras metiendo los brazos mangas adentro para cruzarlos bajo la chaqueta. Ya llevaba el sable al cinto.
– Tranquilo, no voy a dejar que este sarnoso escape –sonrió–. Además, está dormido.
– No me preocupa que escape. Sino que te coja, chico.
Una sonora carcajada escapó de su pecho. Toda su corpulencia temblaba de risa cuando un borrón oscuro estalló contra su boca salpicando de sangre sopa y dientes la madera del porche. Cuando recobró el sentido, estaba tirado en el césped delante del porche y la lluvia le empezaba a calar. Se incorporó y vio de nuevo a su compañero de pié en las escaleras al borde del alero. Le manaba sangre de las encías abiertas y le dolía la espalda. Entre el césped había piedras grandes.
– No es un animal –dijo el veterano con una sonrisa mientras bajaba el último escalón y pasaba ante él por el camino de piedra. La voz de aquel hombre se mezclaba con el repicar de la lluvia sobre su cabezota mientras le veía alejarse sin mirar atrás–. Tranquilo, he cerrado yo. No se ha molestado en salir. Voy a la caserna a pedir que te visite el médico de la guardia. Intenta ponerte algo en la boca para que deje de sangrar, que no tardará en venir. Y no hagas nada más, novato. Por tu bien.
Lo vio desaparecer por el camino tras un viso blanco de agua fría. Se puso en pié. Los nudillos apretados. La guerrera y el obi retorcidos y oliendo a miso. La sangre chorreando mezclada con el agua por su pecho hasta su panza descubierta. En el suelo del porche, un cuenco de madera vieja, astillado y roto en dos trozos desiguales yacía en medio de un salpicón de sangre. Su sangre. Y dientes. Solo un par.

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26/10/07

El olvido




EL OLVIDO [26/10/2006]

–Perdón, tenéis cincuenta céntimos pa comprar una barra de pan. Llevo dos días sin comer.
Los chicos le miraron con asco.
–No tenemos nada.
No había expresión en su rostro. Solo cansancio.
Cuando se alejó de su banco arrastrando los pies por el andén de la estación con la cabeza gacha, uno de ellos le miró varias veces. Su amiga le hablaba pero no estaba escuchando.
–¿Dónde comprará pan a estas horas?
–¿Quién?
–Ese hombre.
–No sé. En algún 24 horas. Pero no me cambies de tema.
Le miró una última vez antes de subir al metro que entró en la estación con estruendo.
Sus amigos hablaban y reían. Iban de fiesta.

...

Notó como alguien se sentaba en el banco donde estaba durmiendo. Se giró bajo la raída manta. Le dolían las piernas y las lumbares. Como cada mañana. Abrió los ojos un poco. Vio una figura a contraluz. Le molestaba el reflejo del sol de la mañana en el edificio de enfrente.
Se incorporó. Era un chaval de veintipocos. Con vaqueros y cazadora. Llevaba un bocata envuelto en papel albal.
–Este es mi banco –gruñó.
El vaho de su aliento se desvaneció poco a poco. El chico se limitó a mirarle durante unos segundos. Luego se levantó dejando el bocadillo en el banco y se marchó sin mirar atrás.
Era de jamón serrano.

...

–Me gufta máfz el de quefzo –balbuceó con la boca llena.
–Hoy no tenían.
Sentados al sol, veían como las palomas de la plaza picoteaban las migas del suelo y revoloteaban al paso de la gente.
–Aunque el de chorizo también está bien.
El muchacho miró los árboles. Se mecían en la fría brisa de la mañana. Ya casi no tenían hojas.
–¿Vendrafz mañana?
–Si.
El hombre se quedó mirando al muchacho cuando se levantó y echó a andar hacia la boca del metro. Masticaba con ganas. Las migas caían por su barba canosa sobre su manta y al suelo. Una paloma intentaba acercarse a robarlas.

...

–Y entonces el astronauta español sale corriendo de la nave y grita: ¡por dios, una cerilla, por diooos! –dijo el chaval mientras le zarandeaba.
Estalló en carcajadas y casi se le cae el bocadillo.
Durante unos minutos rieron. Cada vez que se miraban les entraba la risa de nuevo. La gente se los quedaba mirando al pasar.
Acabó el bocadillo y se quedó pensativo.
–¿Por qué vienes?
El muchacho miró al suelo.
–¿Por qué estás en la calle?
Calló y se apretó bajo la manta. No dijo nada más. Ni cuando el chico se despidió.

...

Dio una vuelta por la plaza y recorrió las calles cercanas.
No había llovido. Debería estar en el banco. No sabía qué hacer con el bocadillo.
Se lo llevó.

...

Abrió la puerta del cajero. El hedor del alcohol que empapaba los cartones le dio náuseas.
–Despierta.
Un gruñido remolón salió de la maraña de arrugas de la vieja manta marrón con líneas rojas en los bordes.
–¿Dónde te habías metido? Me ha costado mucho encontrarte.
–¿Y quién ta dicho que me bujques? –balbuceaba.
Tiró de la manta.
–El banco abrirá de aquí a un rato y te echarán.
–¿Y qué? Déjame en paz.
–No. Levántate. Te he traído uno de queso hoy.
–¿Y? –gritó, incorporándose pesadamente y mirándole con los ojos muy abiertos –. ¿Esperas que te de las gracias?
Se puso de pié enfrentándose a él.
–¿Quién te crees que eres, niñato? ¿Mi amigo?
El muchacho retrocedió. Olía a alcohol y a basura.
–No, yo solo…
–¿Tú? ¿Tú qué, gilipollas?
–Yo solo te traía un bocata. Estaba preocupado, tanto tiempo.
–Tú vienes pa no sentirte mal –su mirada le atravesó. El chico tragó saliva y parpadeó varias veces –. Así que deja de joder la marrana y piérdete.
Dudó un instante. Le miró y vio un borracho que se tambaleaba y babeaba. Con los pantalones manchados de orines. Y que le daba la espalda para recoger sus cartones.
Salió del cajero. Miró atrás y le vio gesticular por entre los carteles de publicidad del acristalado, hablando solo.

...

Miró el bocadillo que llevaba en la mano envuelto en papel albal. Había olvidado los guantes y se le estaba quedando la mano helada. Cruzó la calle y comprobó que la puerta del cajero estaba cerrada por dentro. Él dormía. Una botella derramada de vodka asomaba bajo la manta.
Dejó el bocadillo en el suelo de la entrada y se fue. Como cada día.

...

Se topó con él al salir del metro. Con su gorra en la mano. Estaba sobrio. Se sentaron en su banco.
–Era banquero. Estaba casado. Tengo dos hijos.
Sacó unas fotos descoloridas y arrugadas de uno de los bolsillos de su chaquetón. Dos bebés.
–Ahora tienen tu edad más o menos.
El muchacho siguió en silencio.
–Perdí mi trabajo. Mi mujer me dejó porque bebía. Y porque encontró a otro. No encontré empleo. Mis amigos me dieron de lado. No podía ir con ellos a ningún sitio. Me quedé solo en una pensión. Me vine aquí esperando empezar de nuevo. Traté de olvidarme de todos. Y todos se olvidaron de mí. Hasta yo mismo.
Le miró.
–La calle es el olvido.
Cogió el bocadillo de su mano y empezó a desenvolverlo. Era de jamón serrano. Con lágrimas en los ojos volvió a mirar al chico.
–Y tú, ¿por qué vienes cada día?
Le dio un mordisco al bocadillo.